sexta-feira, 2 de outubro de 2026

La cabaña

 


Te conocí en pleno verano, los dos con el cuerpo desnudo, la piel sudada y besada por el sol, color canela y el pelo claro, incendiado por aquella luz que parecía habernos encontrado antes de que nosotros supiéramos encontrarnos.

Ahora, llega el otoño y con él, llegan todos esos colores tibios que van cubriendo los senderos de marrón, beige, amarillo y verde seco, como si el bosque hubiera decidido pintar para nosotros un camino secreto hacia esa cabaña que nos recibe cada vez que la vida, caprichosa y breve, nos concede el milagro de coincidir.

Llego primero. La cabaña duerme en la penumbra del crepúsculo y enciendo aquella vieja lámpara, cubierta de polvo y telarañas, donde todavía queda suficiente queroseno para encender una pequeña luz contra la oscuridad. Afuera no se escucha más que el rumor del viento entre las copas de los árboles, ese respirar profundo del bosque que parece venir de muy lejos, y me quedo quieta, dejándome pensar en vos, en nosotros, en este camino extraño que comenzamos sin saber que lo estábamos recorriendo, en aquel presentimiento que me llevó hacia vos incluso cuando tu aparente rechazo me decía que debía alejarme. 

Había algo adentro mío, algo terco y antiguo, que gritaba que yo no estaba sola en todo aquello, que del otro lado había alguien sintiendo el mismo temblor aunque todavía no supiera nombrarlo. Nunca estuve sola, ahora lo sé, porque sentís como siento yo y pensás cosas que nacieron también en mí sin que yo te las haya contado, imaginás los mismos lugares, los mismos instantes, los mismos deseos, como si entre nosotros existiera un idioma anterior a nuestra propia historia, una lengua sin palabras que aprendimos antes de conocernos y que ahora, tantos años después, nuestros cuerpos y nuestras almas parecen recordar. Hay algo casi cruelmente hermoso en esa simbiosis, en descubrirme dentro de pensamientos que son tuyos y encontrarte, de repente, habitando los míos.

Sonrío al pensarlo y siento esa oleada de calor que me nace en el pecho cada vez que terminamos las frases del otro, cuando describís lo que llevo adentro antes de que yo misma consiga comprenderlo, cuando descubro que al otro lado del océano estabas imaginando exactamente aquello que yo imaginaba. 

Entonces las palabras me abandonan, cierro los ojos y simplemente siento, porque quizás haya cosas que se destruyen cuando intentamos explicarlas demasiado. Siento tu energía, esa química invisible que atraviesa fronteras y océanos para llegar hasta mí, y a veces casi puedo sentir tus manos sobre mi piel cuando el sol me toca, tu cuerpo cuando el agua me envuelve, tu presencia cuando me quedo mirando un atardecer y el cielo se incendia lentamente frente a mis ojos.

Estás lejos, pero no estás distante.

Hace demasiado que no nos vemos y, sin embargo, hay días en que te siento más cerca que muchas cosas que puedo tocar, como si la distancia sólo pudiera separar nuestros cuerpos y hubiera olvidado todo lo demás. Lo nuestro no tiene nombre y quizás nombrarlo sería empequeñecerlo, no necesita explicaciones ni rótulos, somos nosotros, es nuestro, esta manera inexplicable de existir el uno dentro del otro, de reconocernos después del silencio, de desaparecer y volver, de intentar huir de este vértigo para descubrir que seguimos cayendo hacia el mismo lugar, como si resistirnos no fuera más que otra manera, quizás la más dolorosa, de volver el uno hacia el otro.

Escucho entonces un ruido afuera, unos pasos apagados sobre la tierra húmeda y las hojas secas, después el gemido de la madera cuando la vieja puerta comienza a abrirse. Levanto la mirada y sos vos, y no sé qué parte de mí te reconoce primero, quizás la piel, quizás algo mucho más antiguo. Sólo sé que al verte todo aquello que intenté ordenar dentro de mí vuelve a desordenarse y toda yo me deshago en tu presencia, con esa dulzura que duele justo antes de convertirse en deseo, porque estás ahí, finalmente, después de tanta distancia, de tantos silencios, de tantos regresos imposibles, y comprendo que se puede extrañar terriblemente a alguien incluso mientras vive dentro de uno.

Porque estuviste lejos, pero nunca, ni siquiera por un instante, terminaste de irte.


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